viernes, 20 de abril de 2012

S.O.S Zoo de 26


S.O.S Zoo de 26

Hace ya algunos años, desencantada por el abandono del lugar y el precario estado de salud de los animales, dejé de visitar este otrora maravilloso zoológico que, inaugurado en 1939 y ampliado posteriormente, llegó a figurar  en los años cincuenta, entre los mejores de  América Latina, y constituía una agradable fuente de recreo y cultura para niños, jóvenes y adultos, además de tener un fácil acceso, por encontrarse en el centro de la ciudad.

Su maravilloso conjunto escultórico, realizado por la artista Rita Longa, ubicado a la entrada del parque, anunciaba ya a priori la belleza del lugar que visitarías. Con varias puertas de acceso por las diferentes calles que circundan el mismo (clausuradas  hace muchos años), franqueadas por verjas  carcomidas por el óxido y el abandono, que  yacen aún, sosteniéndose milagrosamente en pie, que facilitaban la entrada y salida al lugar en días de mucha asistencia como sábados y domingos.

Hace más de dos décadas que, conversando con quien era entonces su Directora y mi amiga, ésta me decía el disgusto tan grande que tenía al ver que no contaba con fondos monetarios,  ni plantilla suficiente de personal, para el mantenimiento de los animales y el local, y que veía con estupor, sin poder hacer nada, como cada día desaparecían los huevos de cría y muchos animales estaban increíblemente accidentados, teniéndoseles que dar de baja. Me comentaba, con visible dolor, que esos infelices animales eran maltratados por los propios trabajadores con la esperanza que, al tenerles  fuera decirculación, sirvieran para llevarlos “al caldero”. Asimismo me contaba  que en varias reuniones tuvo que llegar a un acuerdo, casi conspirativo con los empleados, a fin de que recolectaran todos los huevos de las aves y se los entregaran a ella, quien  decidiría cuales eran los que se podían utilizar para el desayuno de los propios trabajadores del parque, y los que se reservaría para reproducción. Ella, como veterinaria  tendría que analizar muy bien el estado de salud de las especies “accidentadas”, para decidir cuando y  a cuales no les quedaba otra opción que el sacrificio. El caso más llamativo era el de los flamencos, que aparecían  frecuentemente con las patas quebradas.

El parque,  en aquellos años,  al igual  que hoy, es malamente atendido por Áreas Verdes, organización esta que no cuenta con recursos ni tan siquiera para el mantenimiento de estas áreas en la ciudad, mucho menos para un zoológico. En la actualidad  ha pasado a ser  una especie de ente aparte dentro del Poder Popular, quien lamentablemente ni tiene poder ni es tan popular como su nombre indica. Desafortunadamente,  este tampoco cuenta con fondos suficientes para el mantenimiento  y conservación  del lugar.


Hoy, leyendo el artículo publicado en la prensa internacional sobre este tema, criticando justamente el mal estado en que se encuentra el parque, recordé aquellos tristes días en que mi amiga María llevó a su nieta a pasear al zoológico y salió de allí toda traumatizada, al ver como le echaban a los monos pollitos recién nacidos (era la época de los pollitos de incubadora distribuidos por la cartilla de abastecimiento (libreta), como alimento, que uno debía  hacer crecer y engordar  para luego sacrificar y ser consumidos. Ella recogió a uno de estos, que escapó de las fauces del “sorprendido” simio y se lo llevó a su casa, donde terminó de criarlo como mascota para su nieta. Este, al menos, tuvo la suerte de morir viejo y de muerte natural.

Yo que vivo en las inmediaciones del parque, hace muchos años que ya no oigo en las tardes los rugidos de los leones. Tampoco se ven  merodeando por los jardines de las residencias del barrio las ardillas. Tengo un  amigo y vecino Humberto, que adoptó como mascota a una, que escuálida y tristona, se le apareció un día en el árbol del patio de su casa. El fue alimentándola  y tratando de ganarse su confianza poco a poco, hasta que ésta, perdiendo el temor y movida por la necesidad de comer, se le fue acercando y hoy día está casi siempre prendida de su pecho, como una condecoración, y juntos recorren el barrio, ante el asombro y la curiosidad de todos los que se les cruzan en el camino.

Ayer tarde, haciendo acopio de valor decidí volver al parque. La entrada cuesta solo un peso de los ordinarios (algo ridículo en la actualidad). Toda la gran entrada por donde afluía el público está cancelada por rejas improvisadas y solo hay un acceso y salida, por una de las aceras laterales.

Quedé impresionada al constatar que el deterioro y el abandono reinan en el lugar. Las jaulas de los pocos animales que quedan están oxidadas y  muy deterioradas (posiblemente sean las mismas de  hace más de cincuenta  años). La famosa isla de los monos está desierta y las aguas que la rodean pútridas. En una jaula pude ver solamente una pareja de leones, que descansaban indiferentes ante la mirada del poco público que trataba de animarlos con gritos y gestos. Es de notar que la mayoría de las personas que acuden al lugar, no lo hacen por amor a los animales, sino para obtener galletitas, caramelos y golosinas, que se venden en la cafetería  en los mal llamados pesos cubanos.


En mi recorrido conversé con dos jóvenes veterinarios, que prestan sus servicios en el lugar, y éstos me comentaban lo mucho que ellos sufrían, al ver que el propio publico que asistía maltrataba a los animales que tenían a su alcance. Que vieron con tristeza como apareció un pelicano que habían matado tirándole piedras. Dicen que, casi siempre esto ocurre ante la mirada indolente de los adultos que acompañan a los niños. Agregaron, ante otra pregunta, que los pavos reales, que antiguamente permanecían sueltos, paseándose entre el público, han tenido que encerrarlos, pues se los roban o matan.
Al preguntarles por qué la mayoría de las jaulas no tenían letreros indicando el nombre de los animales, me respondieron algo parecido: “es que los arrancan y se los llevan o más adelante los botan.

Esta es la triste situación actual del Parque Zoológico de La Habana. Desearía que esta crónica sirviera como un llamado de atención, tanto a las autoridades como a los ciudadanos,  para  salvar esta importante instalación recreativa, educativa y cultural, que en épocas anteriores nos llenó de orgullo.

¡La defensa del medioambiente, de la flora y de la fauna debe comenzar por casa!

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